Londres es el disparate de la desproporción, y sus museos, teatros, parques y avenidas, argumentos demasiado obvios para sostener tal afirmación. Y hoy no tengo el día facilón.
No, el ejemplo más claro, que como casi siempre es el más absurdo, (y este acaricia lo grotesco) se encuentra en Leicester Square.
Que un comercio ocupe cuatro plantas asistidas por un pequeño ejercito de trabajadores no es nada extraordinario. Salvo, que por ejemplo, lo que vendieran fuesen caramelitos diminutos de colores. Con los emanems hemos topado.
Pues ya lo veis, esculturas, galerías de arte, un autobús, el laboratorio, una compleja máquina de una tecnología desconocida que te escanea y te indica cual es tu color emanems (el mio era el rojo, lo cual creo, me inhabilita para comer emanems amarillos el resto de mi vida) y sobre todo millones y millones de caramelitos de colores. Un despliegue extraordinario, un espectáculo fascinante de una creatividad sobresaliente ante el cual solo puedo exclamar: "yo es que soy más de los lacasitos."
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