El metro es la manera de moverse por Londres, la más eficaz, es fácil, es rápido y es caro.
Cuando abandona el corazón de Londres, entrando en la zona dos, el underground se convierte en overground y los andenes al aire libre resultan particularmente antiestéticos y repetitivos. Los del centro, subterráneos, son simplemente insulsos y monótonos, pero estos admiten ciertas excepciones a la norma, como la modernidad y amplitud de Westminster, el desenfado de Tottenham road o la elegancia de Notting Hill. Pero para admirar la quinta esencia de los andenes del metro londinense, es necesario buscar cualquier excusa para tomar la linea "Circle" en la estación de metro de Baker Street.
El metro londinense, tiene un lema inequívoco que se repite como un mantra en todos sus andenes, suelo, paredes, luminosos, megafonía: "Mind the gap". Son numerosas las estaciones en las que el convoy acaba en curva, entonces la inclinación provoca entre el vagón y el anden una distancia que solo puede resolverse de una amplia zancada. En horas punta, cuando la confluencia es masiva, no es difícil que una distracción te lleve a caer en la redundancia de encontrarte under the underground. "Mind the gap": cuidado con el hueco.
El metro nació en Londres, hace aproximadamente ciento cincuenta años, desde donde se exportó al resto del mundo. Este honor, de ser el más antiguo en su clase, queda patente en numeroso detalles que no escapan al menos entrenado de los observadores y que han cambiado poco, o nada, desde entonces. La estrechez de sus pasillos, andenes y vagones en forma de tubo, la iluminación, la falta de ventilación, todas las notas características que conforman la definición de lipotimia.
Cuando todas las lineas de metro circulan con normalidad en cada una de sus estaciones, se anuncia en el luminoso de cada anden, mientras una señorita, a la que yo adivino cierto tono de orgullo, lo recalca a través de la megafonía. Lo he visto, dos veces, en los veinticinco días que llevo aquí, durante los cuales mi linea, "jubile line", se ha cerrado unas cinco o seis veces. Que el metro funcione es noticia.
Desde el primer día que tome un vagón en hora punta, sigo creándome la misma imagen mental. Agosto, trabajadores volviendo a sus hogares y turistas japoneses uniendo sus fuerzas para crear un embudo a la entrada de un anden repleto, donde la gente, por efecto domino, empieza a caer, uno tras otro, amontonándose sobre los raíles del metro. (los chinos probablemente, se amontonarían ordenadamente). Como resolver este incómodo problema, la solución la encontré hace un par de días en Oxford Circus, cuando me tope con un grupo numeroso de gente rodeaba, impasible, la entrada del subterráneo. Lo cierran, cuando creen que esta suficientemente masificado, simplemente cierran las puertas y te invitan a esperar o dirigirte a la siguiente estación.
Si no han cerrado la entrada, y consigues acceder al anden, entonces tienes que elegir uno de los extremos, izquierda o derecha cuestión de manías, y dirigirte hacia él pegado a la pared. Una vez allí, es vital ir ganando posiciones hasta aproximarte lo más posible a las vías sin exponer excesivamente la vida, y confiar en que intuición o suerte, te hayan llevado a colocarte a la altura de alguna de las puertas del vagón, repleto. Aquí, las cuentas estan claras, si salen tres, entran tres, (los cálculos pueden variar minimamente, en función del tamaño de los individuos) y se abre ahora, un dilema moral, que debe resolver uno mismo en el momento: esperar pacientemente el próximo tren, o arremeter contra los pasajeros y crearse su propio hueco. Y aquí, es donde se demuestra, la bien merecida fama de la educación inglesa. El ingles te susurrará diez "excuse me sir", mientras te empuja a codazos contra los japoneses, que se aferran desesperadamente a sus cámaras fotográficas.
Durante estos días, he consolidado una relación de amor-odio muy intensa con el metro, pero, en el fondo, tengo que reconocer que adoro el metro... es tan underground!!

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